24.11.13

NECESITA UN RIÑON...

Chuy necesita un riñón

El trasplante no sólo depende de que aparezca un riñón compatible, sino también de tener la solvencia económica.

  • Por: Vanesa Robles
  • De un suspiro muere la gente, principalmente en El Salto y Juanacatlán
GUADALAJARA, JALISCO (24/NOV/2013).- A Chuy Rodríguez le urge un riñón nuevo. Es una mala costumbre de su colonia, la Hacienda Jesús María, en El Salto, Jalisco. Aquí mismo, hace 20 años era raro ver que un niño de nueve de edad, como Chuy, requiriera un riñón. Pero un día apareció un necesitado, después otro y otro y otro y otro. Ahora, Carmen Hernández, la mamá de Chuy, nombra a ocho.

Los hermanos Ana Rosa y Juan Hernández, Efraín, el “Aluche” Farías, el nieto de don José el de los tacos, el “Güero”, Tacho, Jorge Toscano: a todos les urge un riñón, suelta Carmen de un suspiro.

Pero los suspiros en El Salto, bien lo sabe la gente que vive ahí, pueden matar a una familia entera.

En una orilla del municipio está el Río Santiago, que recibe el drenaje de la ciudad —60% sin tratar—, y es cloaca de las más de 200 industrias nacionales y extranjeras del rumbo. En la otra orilla está el tiradero a cielo abierto Los Laureles, destino diario de dos mil toneladas de basura. Pero, cosa rara, en un país que ha prohibido el cigarro hasta en las cantinas, nadie quiere decir que la contaminación enferma a los de El Salto y su vecino Juanacatlán.

Decíamos que a Chuy le urge un riñón.

¿Y si no lo consigue? A Carmen que nunca, nunca llora le dan ganas de llorar nomás de pensarlo. Por eso no lo piensa. O nomás lo piensa cada tercer día, cuando Chuy entra, solito, a la máquina de hemodiálisis, en el Hospital Civil Juan I Menchaca.

La máquina de hemodiálisis es un invento fantástico con un aspecto horrible.

Es blanca y rectangular, como un refrigerador viejo. Tiene muchos botones y una o dos bobinas, en las cuales se enrollan un par de sondas de veras largas, que con agujas se conectan al cuerpo de los enfermos de insuficiencia renal, como Chuy. En el manual de uso del aparato hay palabras como “bomba de heparina”, “dializador”, “purgador de aire”, “monitor de presión venosa”, “sangre extraída”, “sangre filtrada”, “sangre devuelta”.

Carmen, que llegó a primero de secundaria, lo explica sin fanfarronería técnica: “Es una máquina que saca la sangre del cuerpo, la lava y la regresa. A mi hijo se la lavan tres veces a la semana. Cada lavada dura tres horas y media. La presión se le altera. Le puede dar un paro”.

Eso fue lo que le pasó a Norma y a Conchita, las niñas que eran amigas de Chuy. Entraron caminando a la máquina de la hemodiálisis y salieron envueltas en sábanas blancas. Sus padres ya estaban advertidos, se conforma Carmen. No por nada, cada dos meses les daban a releer y refirmar la “hoja de las complicaciones”. La hoja de las complicaciones explica con lenguaje claro y conciso a qué se atienen los que se conectan al aparato. “Todos sabemos que a lo mejor nos va a pasar. ¿Cuándo? Ahí está la cosa”.

Ojalá esa fuera la tragedia. Pero no. Los médicos del Hospital Civil le dijeron a Carmen que las sondas, las bombas de heparina y la sangre filtrada dejaron de funcionar.

Después de tres años de agujas ahora Chuy necesita un riñón. Y ahora a Carmen le urgen 10 mil pesos para empezar los estudios de laboratorio de un protocolo que, si resulta bien, hará a la madre donadora. Si no, inscribirá a Chuy en una larguísima fila de personas que viven a expensas de que un prójimo se muera con un riñón de buen tamaño, sano y compatible… Y de que la familia del difunto se anime a donar el órgano que todos quieren.

Diez mil pesos para empezar, porque la insuficiencia renal crónica, que en El Salto y Juanacatlán es tan popular, no está en el catálogo de tratamientos que invita el Seguro Popular.

Diez mil pesos para empezar, repite Carmen. Pero en vez de compadecerse le pone buena cara al tiempo, con la fuerza de sus 30 años, la coquetería de sus joyas de plástico y el maquillaje contundente de sus pestañas.

A cualquier hora del día Carmen tiene el porte del que posee muy pocas pertenencias, pero muy rotundas todas ellas.

Tiene otros tres hijos: Alondra, de 12 años; Xóchitl, de 10, y Luis, de siete. Tiene muchos huevos: hace cuatro meses dejó al marido alcohólico. Tiene una inteligencia crónica y aguda y un humor negro, de tan bueno que es. Fuera eso, no tiene otra cosa.

Los días que no hace el viaje de la diálisis, como ella lo nombra, Carmen es una empleada doméstica. A la semana le caen, cuando mucho, 300 pesos, que le entrega a sus padres, con quienes se ha refugiado.

Los padres de Carmen tampoco tienen gran cosa. Si acaso, una vivienda de interés social con dos cuartos, que comparten con su prole. En un cuarto ellos. En otro cuarto sus dos hijos menores. En la sala, Carmen, Alondra, Xochitl, Luis y Chuy. Carmen y Chuy se acomodan en un sillón viejo. Los otros en el piso.

Chuy necesita un riñón. En cuanto su madre complete 10 mil pesos va salir corriendo al antiguo Hospital Civil, donde se empiezan los protocolos de trasplante, dice ella con los ojos iluminados. ¿Cuánto le falta? Le faltan nueve mil 500, exclama llena de esperanza, por los 500 que lleva ahorrados.

Luego del protocolo, Carmen va a necesitar 40 mil pesos para las cirugías del trasplante, suspira tranquila. O eso parece. En El Salto y Juanacatlán la gente tiene la mala costumbre de enfermarse con esos tirones hondos de aire.

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